El soldado de Naciones Unidas se acercó a mi y me agarró por el cuello de la camisa. Sin miramientos, de un tirón brutal, me atrajo hacia él y con su rostro muy cerca del mío (aliento, sangre, sudor y sal) me espetó: si lloras, no podrás hacer bien tu trabajo. Luego me dio un empujón para apartarme de él y se fue impartiendo órdenes a diestra y siniestra. Tenía razón. Agarré fuerte la cámara y disparé. Una foto detrás de otra. La sangre aún estaba fresca. Las madres aún abrazaban a sus hijos para siempre. En alguna otra parte del mundo, la gente compraba regalos de Navidad.





