Las revoluciones estallan en los callejones sin salida - Bertolt Brecht

BIENVENIDO AL OPTIMISMO

Árbol trabajando en la urbe.

Árbol trabajando en la urbe.

Durante la inauguración de la exposición Ciudadano árbol el pasado mes de marzo una compañera de trabajo me confesó que no entendía uno de los textos expuestos junto con las fotografías. El texto era el siguiente:

“La mayoría de personas creen que su cuerpo acaba donde acaba su piel. Qué equivocadas están. Deberían conocer el ciclo del nitrógeno, el del fósforo o el del agua, por poner sólo tres ejemplos. Quizá entonces comprenderían que su cuerpo es el planeta entero y que su supervivencia depende tanto de la salud de otros seres vivos como de la salud de su hígado.”

Mi compañera de trabajo me dijo que no sabía a qué me refería. Un poco más tarde una amiga leyó el mismo texto y exclamó algo parecido a esto:
- ¡Claro! Es lo que dice mi profesor de yoga: todos estamos conectados con la tierra.

No estoy seguro de que mi amiga entendiera con exactitud el texto, más bien tuve la impresión de que estaba pensando en energías telúricas, chakras y kundalinis; y no en bacterias y clorofila, que era en lo que estaba pensando yo cuando escribí el texto.

Superviviente inasequible al desaliento.

Superviviente inasequible al desaliento.

Reconozco que cuando se sintetiza mucho una idea se corre el riesgo de vaporizarla. A pesar de todo, creo que el riesgo vale la pena porque una síntesis obliga a quien la recibe a poner de su parte para entenderla y este esfuerzo que ha de hacer quien la recibe sitúa a la síntesis más cerca del diálogo que de una transferencia pasiva de datos. La transferencia pasiva de datos es lo que hacen los ordenadores, el diálogo es un ingrediente esencial de la creatividad. Dicho de otro modo, una buena síntesis vale la pena, a pesar del riesgo, por el mismo motivo que vale la pena una buena foto, un buen poema o un buen perfume: porque junto con el paquete de información que te transmite la semántica, o las glándulas, recibes también un latigazo de lucidez y un empujón hacia delante.

Un ejemplo de síntesis perfecta lo encontré el domingo cinco de abril en el diario Público, en un reportaje donde se citaba a Poincaré:

“ Los científicos no estudian la naturaleza porque sea útil, la estudian porque les place; y les place porque es bella. Si la naturaleza no fuese bella, no valdría la pena conocerla, no valdría la pena vivir la vida.”

Y también se citaba la síntesis que hizo Feynman al respecto:

“La Física es como el sexo: seguro que tiene una utilidad práctica, pero no es por eso que lo hacemos.”

Una imagen vale más que mil palabras… pero ¿y si son sólo veinte palabras?.

Todavía no he visto una buena foto que no fuera también una buena síntesis, y es posible que con los textos pase algo parecido: todo buen texto, ya sea literario o científico, es también una buena síntesis. Ahora sé qué contestar a quien una vez me dijo que para qué añadir textos a las fotos: porque también son fotos, le diría. Puede que sea una forma de comunicación un poco caótica pues incluso las mejores fotografías y los mejores poemas a cada uno le sugieren lo que le sugieren y los interpreta como los interpreta.

El arquitecto quería copiar a Gaudí pero le amenazaron con dejarle sin natillas y acabó haciendo esto.

El arquitecto quería copiar a Gaudí pero le amenazaron con dejarle sin natillas y acabó haciendo esto.

Así que casi siente uno la tentación de poner un poco de orden; de explicarse, de desglosar la síntesis, de contextualizar la idea. Pero no, no hay que ceder a semejantes tentaciones: el Universo en realidad no funciona explicándose. La vida sigue aquí sobre la Tierra gracias a su continuo diálogo con el caos. Cada latigazo de lucidez ha de tener una historia previa de confusión, si no, no tiene mérito.

Barrio moderno, limpio y ordenado 1.

Barrio moderno, limpio y ordenado 1.

Si todo estuviera perfectamente ordenado, seguir el camino hasta llegar a la comprensión no tendría mérito, lo podría hacer hasta una computadora: de hecho, si todo estuviera perfectamente ordenado, llegar al final del camino no implicaría una mayor comprensión de nada. Los aborígenes australianos transmitían el conocimiento fundamental del medio donde vivían mediante canciones. A pesar de lo rudimentaria que pueda parecer, es una forma de transmisión extraordinariamente eficaz; la prueba de ello es que cumplió su función durante miles de generaciones y no empezó a perderse hasta que llegamos los europeos a Australia.

Las canciones no quedan registradas en ningún soporte material muerto como el papel, el pergamino, el aluminio o la piedra, sino en un soporte vivo, el propio ser humano, y además, son síntesis perfectas que exigen atención y lucidez a aquel que las recibe si realmente quiere entenderlas, y era muy probable que realmente quisiera entenderlas porque de eso dependía que encontrara agua, comida y cobijo en su día a día. Ojalá pudiera explicarles a mis alumnos Física Cuántica o Relatividad cantando: entonces podría decir con seguridad que mientras quedara un ser humano vivo sobre la faz de la Tierra todos los conocimientos que ha acumulado la Humanidad a lo largo de su historia estarían a salvo.

Otro superviviente en la periferia de la urbe.

Otro superviviente en la periferia de la urbe.

Lamentablemente, en lugar de la música, utilizamos las matemáticas para explicar Física, y las matemáticas hay que escribirlas en alguna cosa, y las cosas fallan, los papeles se estropean, los discos también, sean del material que sean, bueno a lo mejor si son de oro, no, pero los aparatos para leerlos sí, y los ordenadores son muy delicados, y aún no sabemos utilizar la electricidad de los relámpagos y… en fin, que si una empresa extraterrestre auditara nuestra forma de transmisión del conocimiento llegaría a la conclusión de que estamos por detrás de los aborígenes australianos en cuanto a fiabilidad, al menos en lo que se refiere a una perspectiva histórica.

La única excusa que podríamos poner es que su información no era tan abstracta como la nuestra. Pero dudo que la empresa extraterrestre tuviera piedad de nosotros. Personalmente sigo envidiando a los aborígenes y sigo convencido de que aspirar al orden extremo rompe la creatividad del diálogo y, lo que es aún peor, lleva implícito el riesgo de caos absoluto - ¿es necesario citar en este punto los desvaríos eugenésicos de, por ejemplo, los nazis, por poner un ejemplo europeo de entre los varios disponibles?-.

Nótese el necesario equilibrio que se ha de mantener para poder llevar a cabo un diálogo, y nótese también lo aficionados que somos al orden los seres humanos y lo poco que mejora el mundo a pesar de esta afición. Puede que haya gente que me responda que esa afición al orden es sólo superficial y yo les contestaré que no, que el orden nos fascina más de lo que fascina el fuego a las polillas y que tengo fotos para demostrarlo. Son fotos de uno de los nuevos barrios que se han construido en prácticamente todas las ciudades españolas estos últimos años de desvarío inmobiliario, en concreto las que aquí muestro son de Sant Cugat del Vallés, un pueblo cercano a Barcelona, lo digo como un dato más, a pesar de que, en mi opinión, la localización exacta no es demasiado importante.

Barrio moderno, limpio y ordenado 2.

Barrio moderno, limpio y ordenado 2.

Como puede verse en las fotos, el orden impera por doquier: hay geometría, hay alcantarillas, hay aceras y hay calzada. Es una típica ciudad del primer mundo. Dejando a parte el pequeño detalle de que todo este orden nos ha llevado al caos financiero que estamos viviendo ahora, uno podría quedar impresionado por la tecnología humana: somos capaces de levantar ciudades enteras en pocos años. Pero en realidad la tecnología humana no es demasiado impresionante. Sería mucho más impresionante si todo este desarrollo urbano se fundamentara en el concepto de equilibrio en lugar de fundamentarse en el concepto de orden.

Equilibrio es lo que hay en la biosfera terrestre y es lo que permite que los seres vivos utilicen una y otra vez la misma materia durante millones de años sin acabar todos envenenados hasta la médula.

Habitante de los barrios modernos. Está renegociando su hipoteca.

Habitante de los barrios modernos. Está renegociando su hipoteca.

Encerrados en una habitación hermética no tardaríamos en morir por falta de oxígeno o envenenados por nuestro propio metabolismo. Si ensanchamos progresivamente la habitación llegará un momento en que será tan grande como el planeta entero. Prescindamos en ese momento de las paredes. Dejará de ser una habitación hermética, de hecho dejará de ser una habitación, será el planeta, pero no importa, porque por poco que nos esforcemos recordaremos que el planeta Tierra se mueve por el vacío del espacio y que, por lo tanto, viajar con él es como estar encerrados en una habitación muy grande y prácticamente hermética, al menos hasta que los viajes interplanetarios estén al alcance de la mayor parte de la Humanidad. Es cierto que regularmente impactan meteoritos contra la superficie del planeta (o se desintegran en su atmósfera) y que parte de los gases atmosféricos se pierden en el espacio, pero suponer que la masa de la Tierra es constante y que por lo tanto la materia disponible en la biosfera es limitada es una buenísima aproximación.

Entonces ¿por qué no morimos envenenados? ¿No morimos envenenados porque la Tierra es muy grande? No, sólo es grande si la comparamos con la superficie promedio de una vivienda actual; si adoptamos una perspectiva más objetiva, tenemos que concluir que es más bien pequeña. Lo que hace que no nos envenenemos son una serie de procesos de reciclaje que actúan continuamente en la biosfera. Estos procesos convierten desechos en recursos de forma ininterrumpida desde hace millones de años. Su nombre técnico es “ciclos biogeoquímicos” y gracias a ellos la Tierra es un lugar habitable.

Los ciclos biogeoquímicos son los que transforman substancias tóxicas en alimentos exquisitos, agua fresca y aire respirable. Nosotros los seres humanos, como seres vivos y habitantes de las biosfera que somos, formamos parte de estos ciclos. Somos los que transformamos alimentos exquisitos, agua fresca y aire respirable en substancias tóxicas. Bueno, también hacemos pinturas rupestres, pirámides, capillas sixtinas, sinfonías, una torre eiffel, ciudades, canciones y memorias de estado sólido para poder guardar todo lo anterior, pero los dinosaurios sobrevivieron millones de años en la Tierra sin necesidad de arte ni de tecnología y acabaron como acabaron, así que todavía es pronto para saber qué papel desempeñará el arte y la tecnología en nuestra historia evolutiva como especie de la biosfera terrestre, pues no llevamos ni un millón de años integrados en ella.

Zona fronteriza en uno de los barrios modernos.

Zona fronteriza en uno de los barrios modernos.

No quiero decir con estos comentarios que nuestro papel en la biosfera sea de meros parásitos, ni mucho menos: con nuestros desechos mantenemos a ejércitos innumerables de ácaros, bacterias, ratas, insectos y seguro que muchos otros animales que aún no se han descubierto. Lástima que también pongamos en peligro a muchos otros seres vivos. Por mera elegancia, deberíamos replantearnos esta política. Sospecho que la mera elegancia para muchos no será suficiente, pero sí debería serlo la prudencia y tener un poco de visión de futuro.

Menciono lo de la visión de futuro no sólo por cuestiones de supervivencia: también hay una cuestión económica. Cada vez que desaparece de la faz de la Tierra un ser vivo desaparece también lo que podría ser una fuente de riqueza y, por lo tanto, probablemente, se está lastrando el desarrollo en el más puro sentido materialista. No creo que los seres vivos deban mantenerse vivos por una cuestión de utilidad económica; ya he dicho antes que nuestro cambio de política respecto al resto de especies vivas debería de ser una cuestión de elegancia, a secas, pero como sé que a buena parte de la Humanidad la elegancia le trae más o menos sin cuidado, o al menos no es una cuestión por la que estuvieran dispuestos a plantearse salvar un árbol, por ejemplo, pongo sobre la mesa una visión puramente materialista del asunto.

Y para concretar sólo faltan unos ejemplos. La revista Newscientist publicó el lunes 6 de abril en su versión electrónica un artículo en el que se explicaba que una bacteria (Methanobacterium palustre) podría solucionar el problema de cómo almacenar la energía generada por las fuentes renovables. Este es un problema muy importante porque por la noche no hay Sol y el viento no sopla siempre que se le necesita. Los investigadores llevan tiempo buscando una forma de almacenar la energía producida mediante fuentes renovables para utilizarla en momentos en los que se necesite y no haya ni luz ni viento. Y la solución podría ser tan sencilla, y barata, como utilizar una bacteria que fabrica metano a partir de electricidad. Dicho de otra forma: la solución la teníamos delante de nuestras narices, era una mera cuestión de conocer el entorno. No es la primera vez que ocurre. ¿Conocen los antibióticos? Han salvado un número incalculable de vidas y han generado una cantidad de dinero probablemente también incalculable. Pues bien, los antibióticos no son un invento del ser humano, nosotros simplemente aprendimos a utilizarlos. La lista de ejemplos podría ser interminable, sus límites tendrían más que ver con mi falta de conocimientos que con la realidad.

A la izquierda se puede apreciar una antigua masia. Antes buena parte de la tierra de lo que ahora son barrios modernos, limpios y ordenados eran tierras de cultivo. Supongo que allí donde se planta trigo y patatas no crece el glamour. Donde se planta cemento tampoco.

A la izquierda se puede apreciar una antigua masia. Antes buena parte de la tierra de lo que ahora son barrios modernos, limpios y ordenados eran tierras de cultivo. Supongo que allí donde se planta trigo y patatas no crece el glamour. Donde se planta cemento tampoco.

En realidad las bacterias, y otros seres unicelulares o pluricelulares sencillos, son uno de los pilares fundamentales de los ciclos biogeoquímicos y en caso de que la bacteria fabricante de metano finalmente se utilice en combinación con los aerogeneradores y paneles solares no será la primera ni la segunda vez que nos sacarán las castañas del fuego. Durante muchísimo tiempo todos los cultivos de la humanidad han dependido de que las bacterias fijadoras de nitrógeno hicieran bien su trabajo. Todos los cultivos, es decir, todo el alimento de la humanidad. No estoy exagerando: los vegetales que no formaban parte de cultivos, y que eran alimento de humanos y de ganado u otros animales, también dependían de las bacterias fijadoras de nitrógeno. Hasta el primer cuarto del siglo veinte no empezaron a utilizarse compuestos de nitrógeno en los que el nitrógeno se había fijado de forma artificial. Hasta aquel momento, todo el nitrógeno de la Tierra era fijado por seres unicelulares, por bacterias o cianobacterias, sin cuyo trabajo las plantas no hubieran podido acceder al tan preciado elemento químico y los animales, animales como por ejemplo nosotros, nos hubiéramos muerto de hambre.

El correspondiente al nitrógeno es uno de los ciclos biogeoquímicos más complejos de los que actúan en la biosfera. El nitrógeno es un elemento químico que forma parte de prácticamente todas las moléculas importantes para la vida: junto con el carbono, el oxígeno, el fósforo y el hidrógeno es elemento constitutivo del ácido desoxirribonucleico (el ADN) y el ácido ribonucleico (el ARN), las moléculas que almacenan y transmiten la información genética; también se encuentra en todos los aminoacidos, moléculas con las que se construyen todas las proteínas y, por si fuera poco, sin él las plantas no podrían realizar la fotosíntesis: buena parte del nitrógeno que absorben las plantas a través de sus raíces lo emplean en construir moléculas de clorofila. En resumen: necesitamos nitrógeno, lo hemos necesitado desde hace millones de años y lo necesitaremos mientras sigamos siendo seres humanos. A través del nitrógeno podemos entender por qué la salud de todos depende no sólo de nuestro hígado sino también de la salud de la tierra que pisamos, o asfaltamos, tan despreocupadamente.

¿Escasea el nitrógeno aquí en el planeta Tierra? Pues la verdad es que no. El nitrógeno es un elemento químico muy abundante en la atmósfera terrestre ( alrededor del 78 % en volumen ). La atmósfera terrestre está en buena medida formada por moléculas de nitrógeno – que son dos átomos de nitrógeno enlazados entre ellos-. Como nota al margen, podríamos apuntar que es una suerte que haya tanto nitrógeno en la atmósfera porque si el oxígeno fuera mayoritario el planeta en el que vivimos sería muy inflamable. El caso es que el problema no es la escasez de nitrógeno. El problema es que la inmensa mayor parte de los seres vivos no pueden aprovechar directamente el nitrógeno de la atmósfera. El ser humano se encuentra entre los seres vivos que no pueden aprovechar el nitrógeno atmosférico, con lo cual resulta que estamos inmersos en nitrógeno, nuestros pulmones se llenan de nitrógeno y nuestros alvéolos se impregnan de él cada vez que inspiramos, pero no podemos aprovecharlo: con cada nueva expiración arrojamos al aire este elemento químico que nuestro cuerpo necesita como el pan y como el agua de cada día. Esto es debido a que nuestro cuerpo no dispone de ningún mecanismo que rompa la molécula de nitrógeno e incorpore los átomos de este elemento químico en otras moléculas que nuestro cuerpo sí pueda utilizar. La única forma que tiene nuestro organismo de obtener el nitrógeno que necesita es aprovechar el trabajo realizado por otros seres vivos. Es como si nuestro cuerpo tuviera subcontratado a empresas externas el suministro de nitrógeno.

Las plantas, a diferencia de nosotros, sí pueden construir todas sus proteínas a partir del nitrógeno que absorben del suelo. Primero tienen que esperar a que las bacterias fijadoras de nitrógeno transformen el nitrógeno molecular (que es la forma en que se encuentra en la atmósfera y es la forma en la que llega al suelo disuelto en agua durante la lluvia, por ejemplo) en amonio o en nitrato, es decir, tienen que esperar a que cierto tipo de bacterias fijen el nitrógeno. Es un trabajo en equipo, y lo es hasta tal punto que algunas plantas y bacterias han establecido relaciones simbióticas que dejarían a nuestra ingeniería genética como juegos propios de niños bobos.

A la izquierda, estructura creada por el hombre. Es suficiente la geometría euclidiana para entenderla. A la derecha, estructura creada por millones de años de evolución. La geometría euclidiana no es suficiente para entenderla; veremos a ver si la geometría fractal lo es.

A la izquierda, estructura creada por el hombre. Es suficiente la geometría euclidiana para entenderla. A la derecha, estructura creada por millones de años de evolución. La geometría euclidiana no es suficiente para entenderla; veremos a ver si la geometría fractal lo es.

Una vez las bacterias han hecho su trabajo, o bien una vez lo han hecho los fertilizantes artificiales, y una vez han hecho el suyo las plantas, entramos nosotros en escena: nos las comemos, o nos comemos a los animales que previamente se las habían comido. De esta forma obtenemos el nitrógeno que necesitamos: a través de la alimentación, bien empaquetado ya en forma de proteínas vegetales y animales. Luego nuestro metabolismo hace el resto, y a partir de la úrea y otras substancias químicas fruto del metabolismo animal, las bacterias desnitrificadoras retornan el nitrógeno a la atmósfera en forma de nitrógeno molecular.

Sería una mala estrategia intentar curar un brazo roto a base de profundizar en nuestro conocimiento de los ciclos biogeoquímicos, pero quizá no estaría del todo mal intentar sanar algunas enfermedades que aquejan hoy en día al ser humano profundizando en nuestro conocimiento del ciclo del nitrógeno, al menos como estrategia a largo plazo, hasta visualizar claramente los problemas de contaminación a los que ha llevado el exceso de nitrificación de los campos.

Lamentablemente, no sé cómo decir todo esto cantando. Quizá sea una suerte que yo no sepa, pero alguien debería saber, ¿no?. Tal y como dice Manuel Rivas en su libro A cuerpo abierto: “Hay enfermedades en el planeta, como los procesos de destrucción paisajística, el esquilme de los mares, la desertización galopante y las sequías consecuencia del cambio climático, que avanzan y se agrandan no porque sean desconocidas por los científicos, sino porque todavía no se han convertido en los relatos centrales de la humanidad”. ¿Hablarían las canciones de los aborígenes australianos del nitrógeno y de las bacterias? No lo creo: no necesitaban concretar tanto. Nosotros, habitantes del asfalto, seres humanos del s. XXI, delicados homínidos que no soportarían una noche de invierno a la intemperie, sí lo necesitamos. Dependemos totalmente de que la tecnología pueda mantener en funcionamiento el entorno artificial que hemos construido.

Lamentablemente, aún no dominamos por completo el arte de la creación y tampoco sabemos cómo cantar nuestra tecnología. Alguien debería explicarle a los niños que la economía va mucho más allá del cemento, que también hay ciencia y tecnología, nitrógeno, bacterias, equilibrio, y más cosas, y debería explicárselo mediante una canción. Una canción que no fuera patrimonio exclusivo de la gallina caponata ni de los teleñecos y que pudieran escuchar en sus ipods, sí, pero que también pudieran cantarla sin ayuda de la electrónica. Una canción que les explicara que su cuerpo no acaba en la frontera de su piel ni en sus piercings sino que se extiende mucho más allá hasta abarcar el planeta entero: que la tierra que pisan, el aire que respiran, el agua que beben o el mar en el que se bañan también son su cuerpo. Mientras esta enseñanza no sea posible, el optimismo será patrimonio exclusivo de los promotores inmobiliarios, inasequibles al desaliento en su ordenada visión del mundo.

Patrimonio de los promotores inmobiliarios.

Patrimonio de los promotores inmobiliarios.

( Si alguien hay a quien no acabe de convencer lo anteriormente expuesto, bien porque lo considere demasiado romántico bien porque no crea que el tema vaya con él, puede leer el artículo de Manuel Castells en La Vanguardia del sábado dos de mayo de este año 2009 titulado Pandemia. Manuel Castells no es persona sospechosa de estar poco informada, y tampoco de ser un romántico. A partir de su artículo se podría llegar a una interpretación muy precisa, concreta, alternativa y complementaria a la que doy yo del texto que no entendía mi amiga. La entradilla al artículo es: “La gripe evidencia que la noción de sostenibilidad no es una frivolidad ideológica” )

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